(Testimonio de Alex Yovera)
Me confirmé en el año 1994. Pero mi historia con la parroquia empezó un año antes, cuando vi algo que me llamó la atención: mi hermano había cambiado. Un día le pregunté qué le pasaba, y me respondió con una frase del Evangelio: “Ven y verás”. No quise venir solo, así que invité a varios amigos del barrio… y así comenzamos. Ese año fuimos 33 jóvenes de distintas zonas de Ciudad del Pescador. Al inicio éramos varios, pero como suele pasar, no todos perseveraron. En mi grupo empezamos ocho… y terminamos cuatro.
En ese tiempo, la parroquia trabajaba por zonas. Cada grupo tenía su espacio y su proceso. Nos reuníamos los sábados para la catequesis, y los domingos participábamos en la misa juvenil. Cuando no había misa, se celebraba la liturgia de la Palabra. Recuerdo mucho al señor Manuel Curo, quien guiaba estas celebraciones cuando el sacerdote no podía estar, ya que el Padre Pablo Mayer atendía también otra parroquia. Era una comunidad sencilla, pero viva.
En 1996 llegó el Padre Dante Sifuentes, y con él la parroquia dio un giro importante. Su estilo era directo, práctico y organizado. Reestructuró el trabajo pastoral, especialmente con los jóvenes. Una decisión clave fue que por cada confirmación debía nacer un grupo juvenil. Eso lo cambió todo.
Entre 1996 y 1999 vivimos lo que yo llamo la época dorada de la parroquia. Llegamos a ser entre 100 y 120 jóvenes activos, organizados en aproximadamente nueve grupos. Entre ellos estaban Jóvenes Hoy, Esperanza Siempre (YES), Jóvenes Amigos de Cristo (JAC), Nueva Generación, Hijos de María, San Francisco y el coro juvenil Voces de la Esperanza. Nos reuníamos constantemente, no solo en nuestros grupos, sino también en jornadas juveniles, encuentros parroquiales y diversas actividades comunes. Nos conocíamos, compartíamos y caminábamos juntos.
Este crecimiento no fue casualidad. Detrás había laicos comprometidos que asumieron la formación, como Juan Bayona, Carlos Anglas, Jacinto y Maya Vázquez. Ellos acompañaban a los grupos, orientaban y formaban. Además, muchos vivieron experiencias como Cursillos de Cristiandad, lo que renovó su forma de ver la fe y fortaleció su misión.
El crecimiento no fue solo espiritual. En esos años se amplió el templo, se construyó el segundo piso de los salones y se mejoró la casa parroquial. La parroquia crecía por dentro y también por fuera.
Para mí, la parroquia no fue solo un lugar, fue una experiencia de vida. Yo nací en 1978 y la parroquia en 1979. Siempre digo algo que resume lo que siento: “Mi padre se llamaba Pedro, era pescador… y yo pertenezco a la parroquia San Pedro el Pescador. Por más que quisiera irme, sabía que iba a volver”.
Con el tiempo también vinieron dificultades. Después del año 2000, poco a poco la parroquia fue cambiando. Algunos grupos desaparecieron, otros se transformaron. Y también, como comunidad, tuvimos errores. En algún momento, nos endiosamos y dejamos de mirar a Cristo. Pero eso también es parte de la historia.
Hoy, al mirar atrás, queda la gratitud. Gratitud por lo vivido, por lo aprendido y por todo lo que la parroquia sembró en nosotros. Porque más allá de los cambios, hay algo que permanece: San Pedro el Pescador sigue siendo casa, comunidad y misión.