Nuestra Historia

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UNA PARROQUIA QUE SALÍA AL ENCUENTRO

(Testimonio de Nely Tejada)

Me incorporé a la parroquia en el año 1992. En ese tiempo estaban el padre Emilio, el padre Pablo Mayer y, como apoyo, el padre Pablo Tai Hop, que era vietnamita. Él no pertenecía a la misma congregación de los suizos, pero fue enviado por un tiempo para colaborar. Estuvo aproximadamente dos años, pero dejó una huella muy importante, sobre todo porque fue quien formó el grupo de los 72 discípulos, que fue el grupo que me invitó a participar junto con mi esposo.

El grupo de los 72 era un grupo de parejas. Llegamos a ser 18 parejas y trabajamos durante muchos años, aproximadamente entre diez y doce. Era un grupo profundamente evangelizador. Nosotros llevábamos la imagen de la Virgen María de la Evangelización a las casas. Las familias que asistían a misa pedían que la Virgen visitara su hogar, y nosotros la llevábamos. Luego coordinábamos con ellos el día para regresar, rezar juntos y compartir la Palabra de Dios.

No era solo rezar el rosario. Hacíamos una oración, leíamos el Evangelio del día y luego dialogábamos. Hacíamos preguntas para ver qué habían entendido. A veces la gente comprendía muy bien, otras veces no, pero ahí estaba nuestro trabajo: escuchar primero, y luego ayudar a profundizar. Eso nos lo enseñó el padre Pablo Tai Hop: no hablar primero, sino dejar que la gente exprese lo que ha entendido, y recién después ayudar a aclarar.

Esa experiencia fue muy fuerte, porque nos permitió conocer la realidad de las familias. Había casas llenas de gente, con vecinos incluidos, y otras donde solo estaba la familia. Muchas veces la Palabra tocaba situaciones muy concretas: había personas que lloraban, otras que decían que hacía tiempo necesitaban ese encuentro. Encontrábamos gente con mucha fe, pero también con mucha necesidad, con hambre de Dios.

Paralelamente, los sacerdotes suizos nos daban una formación muy sólida. Nos preparaban constantemente. Íbamos al colegio Jes+us, en la avenida Brasil, donde recibíamos cursos de teología en febrero y agosto. Luego, cuando empezamos con la catequesis familiar, también participábamos en encuentros nacionales organizados por la Oficina Nacional de Catequesis. Eso nos ayudó muchísimo a formarnos y a tomar en serio nuestra misión.

Con el tiempo, muchos del grupo de los 72 comenzaron a asumir otros servicios en la parroquia: algunos se hicieron catequistas, otros ministros, otros asumieron diferentes responsabilidades. Eso hizo que el grupo poco a poco se fuera reduciendo hasta desaparecer. No fue por falta de espíritu, sino por el crecimiento mismo de la comunidad.

Antes de la llegada del Padre Dante, también estuvo el padre César Girón, pero por poco tiempo. Luego llegó el Padre Dante, y con él vino una nueva etapa. Al inicio hubo algunos ajustes, sobre todo en la catequesis, porque nosotros veníamos trabajando con el enfoque de catequesis familiar. Sin embargo, logramos adaptarnos y seguir trabajando.

El Padre Dante era un sacerdote cercano, que dejaba trabajar. Si uno tenía una iniciativa, él decía: “háganlo”. Eso permitió que surgieran muchas cosas. Por ejemplo, el grupo Guadalupita realizó un gran aporte: muchas de las bancas del templo se hicieron con el esfuerzo de ese grupo, así como parte de los salones parroquiales que estaban inconclusos.

También en esa etapa se reforzó el templo. La estructura inicial no era muy sólida, y con el apoyo de la municipalidad y de profesionales se hicieron mejoras importantes. Se amplió el espacio y se hicieron trabajos que han permitido que el templo se mantenga hasta hoy.

En aquellos años también estuvieron muy presentes las madres dominicas. Ellas fueron fundamentales en la catequesis. Recuerdo especialmente a la madre Piedad, que fue muy cercana a la comunidad y muy querida por todos. Su presencia marcó mucho la vida parroquial.

En cuanto a la pastoral juvenil, ya desde la época de los suizos había grupos de jóvenes. Algunos de ellos dieron origen a líderes importantes en la parroquia, como el padre Víctor Torres y Juan Bayona, quienes comenzaron su camino desde muy jóvenes dentro de la comunidad.

Otro aspecto importante fue la organización parroquial. Con el padre Pablo Tai Hop se formó el primer Consejo Pastoral. Cada grupo presentaba dos delegados, y entre ellos se elegía al presidente y a los responsables. Era una estructura organizada, con distintas áreas: pastoral juvenil, pastoral de evangelización, pastoral social, entre otras. Esto ayudó mucho a ordenar el trabajo de la comunidad.

Un servicio muy valioso fue el botiquín parroquial, que se creó con apoyo de los misioneros suizos. Ellos pusieron el capital inicial y las personas de la comunidad ofrecieron su tiempo. Se capacitó a varias mujeres para atender y brindar medicamentos. Incluso había médicos que colaboraban, como el doctor Pedro Velásquez y la doctora Malena. Este botiquín ayudó muchísimo a la gente, especialmente a quienes no tenían recursos, ya que muchas veces se entregaban medicamentos de manera gratuita.

Mirando todo ese tiempo, puedo decir que la parroquia fue una verdadera escuela de vida y de fe. Aprendimos a servir, a trabajar en comunidad y a descubrir la presencia de Dios en medio de la gente.

Hoy, al ver el trabajo actual, me siento contenta. Se está organizando nuevamente la parroquia por pastorales, y eso es muy importante. Creo que algo que se puede recuperar del pasado es justamente eso: el trabajo organizado, la formación constante y el espíritu de servicio.

La parroquia ha pasado por muchas etapas, pero sigue siendo un lugar donde Dios actúa. Y todo lo vivido queda como una experiencia que nos marcó para siempre.

CUANDO LOS JÓVENES LLENABAN SAN PEDRO EL PESCADOR

(Testimonio de Alex Yovera)

Me confirmé en el año 1994. Pero mi historia con la parroquia empezó un año antes, cuando vi algo que me llamó la atención: mi hermano había cambiado. Un día le pregunté qué le pasaba, y me respondió con una frase del Evangelio: “Ven y verás”. No quise venir solo, así que invité a varios amigos del barrio… y así comenzamos. Ese año fuimos 33 jóvenes de distintas zonas de Ciudad del Pescador. Al inicio éramos varios, pero como suele pasar, no todos perseveraron. En mi grupo empezamos ocho… y terminamos cuatro.

En ese tiempo, la parroquia trabajaba por zonas. Cada grupo tenía su espacio y su proceso. Nos reuníamos los sábados para la catequesis, y los domingos participábamos en la misa juvenil. Cuando no había misa, se celebraba la liturgia de la Palabra. Recuerdo mucho al señor Manuel Curo, quien guiaba estas celebraciones cuando el sacerdote no podía estar, ya que el Padre Pablo Mayer atendía también otra parroquia. Era una comunidad sencilla, pero viva.

En 1996 llegó el Padre Dante Sifuentes, y con él la parroquia dio un giro importante. Su estilo era directo, práctico y organizado. Reestructuró el trabajo pastoral, especialmente con los jóvenes. Una decisión clave fue que por cada confirmación debía nacer un grupo juvenil. Eso lo cambió todo.

Entre 1996 y 1999 vivimos lo que yo llamo la época dorada de la parroquia. Llegamos a ser entre 100 y 120 jóvenes activos, organizados en aproximadamente nueve grupos. Entre ellos estaban Jóvenes Hoy, Esperanza Siempre (YES), Jóvenes Amigos de Cristo (JAC), Nueva Generación, Hijos de María, San Francisco y el coro juvenil Voces de la Esperanza. Nos reuníamos constantemente, no solo en nuestros grupos, sino también en jornadas juveniles, encuentros parroquiales y diversas actividades comunes. Nos conocíamos, compartíamos y caminábamos juntos.

Este crecimiento no fue casualidad. Detrás había laicos comprometidos que asumieron la formación, como Juan Bayona, Carlos Anglas, Jacinto y Maya Vázquez. Ellos acompañaban a los grupos, orientaban y formaban. Además, muchos vivieron experiencias como Cursillos de Cristiandad, lo que renovó su forma de ver la fe y fortaleció su misión.

El crecimiento no fue solo espiritual. En esos años se amplió el templo, se construyó el segundo piso de los salones y se mejoró la casa parroquial. La parroquia crecía por dentro y también por fuera.

Para mí, la parroquia no fue solo un lugar, fue una experiencia de vida. Yo nací en 1978 y la parroquia en 1979. Siempre digo algo que resume lo que siento: “Mi padre se llamaba Pedro, era pescador… y yo pertenezco a la parroquia San Pedro el Pescador. Por más que quisiera irme, sabía que iba a volver”.

Con el tiempo también vinieron dificultades. Después del año 2000, poco a poco la parroquia fue cambiando. Algunos grupos desaparecieron, otros se transformaron. Y también, como comunidad, tuvimos errores. En algún momento, nos endiosamos y dejamos de mirar a Cristo. Pero eso también es parte de la historia.

Hoy, al mirar atrás, queda la gratitud. Gratitud por lo vivido, por lo aprendido y por todo lo que la parroquia sembró en nosotros. Porque más allá de los cambios, hay algo que permanece: San Pedro el Pescador sigue siendo casa, comunidad y misión.

TODO EMPEZÓ CON UNA PREGUNTA

(Testimonio de María Villar)

Cuando llegué a Ciudad del Pescador, no había parroquia. Para participar en la misa teníamos que ir hasta Carmen de la Legua. Era otro tiempo, y la fe se vivía con esfuerzo, caminando largas distancias porque aquí todavía no había una comunidad organizada.

Un día, mientras arreglaba mi jardín, pasó un hombre sencillo. No parecía sacerdote: no llevaba sotana ni nada que lo identificara. Era el Padre Max Egli, aunque en ese momento yo no lo sabía. Se acercó y me preguntó con mucha naturalidad: “¿Dónde queda la parroquia?”. Yo le respondí: “Aquí no hay parroquia”. Entonces me dijo algo que nunca olvidaré: “¿Le gustaría que mañana haya misa aquí?”.

Me sorprendí mucho y le dije: “Pero si no hay parroquia…”. En ese momento me mostró su credencial. Había sido enviado como sacerdote para iniciar una parroquia en Ciudad del Pescador. Sentí una alegría enorme, como si algo nuevo estuviera comenzando para todos. Sin pensarlo mucho, le dije: “¡Claro que sí, padre, cuente conmigo!”.

Así comenzó todo. De mi casa salió el primer mantel, y con lo poco que teníamos preparamos lo necesario para la primera misa. Fue algo sencillo, pero lleno de fe. Nadie imaginaba entonces todo lo que vendría después.

Las primeras celebraciones se realizaron en la comunal 2, gracias al apoyo de los vecinos. Poco a poco la gente fue llegando. Luego nos trasladamos al Instituto Simón Bolívar, donde continuamos reuniéndonos mientras la comunidad crecía. Cada misa era un signo de que algo nuevo estaba naciendo en medio del barrio.

El Padre Max no era un sacerdote común. No esperaba que la gente viniera a la iglesia, él salía a buscarla. Iba casa por casa, conocía a las familias, se interesaba por sus problemas y ayudaba en todo lo que podía. Se puede decir que visitó prácticamente todas las casas de Ciudad del Pescador. Su cercanía hizo que la gente confiara en él y se sintiera parte de la comunidad.

No había grandes recursos, pero sí había mucha voluntad. La parroquia se levantó con el esfuerzo de todos. Se hacían aportes casa por casa, se organizaban campañas como “un ladrillo para la parroquia” y actividades como polladas, parrilladas y picaronadas. El mismo Padre Max trabajaba como uno más: cargaba materiales, aprendía de los obreros, ayudaba en la construcción. No le importaba ensuciarse, porque su deseo era sacar adelante la parroquia junto con la gente.

En tiempos difíciles, como la huelga de pescadores, la parroquia estuvo siempre presente. Muchas familias no tenían qué comer, y entonces se organizaron ollas comunes y comedores populares. La parroquia no solo acompañaba espiritualmente, sino que también ayudaba en lo concreto. El Padre Max siempre decía: “No desprecien a nadie… a muchos solo les falta amor”. Esa frase marcó a muchos de nosotros.

Con el tiempo, la comunidad fue creciendo, organizándose y tomando forma. Pero lo que nunca se perdió fue ese espíritu de cercanía, de servicio y de entrega que se vivió desde el inicio.

Han pasado muchos sacerdotes por la parroquia, cada uno con su estilo y su aporte. Pero como el Padre Max, ninguno. Él fue el fundador, el que sembró la fe en medio de un barrio que recién comenzaba. Fue un hombre que se entregó completamente a los demás, y por eso su recuerdo permanece vivo en el corazón de la comunidad.

DESDE LA ETERNIDAD TE AMÉ

Si afinas bien los oídos del alma

escucharas la voz de Dios que te dice:

No tengas miedo a nada, ni a nadie,

mi gracia divina siempre te bendice.

Yo soy tu Dios que te cuida con esmero,

tomado de la mano te llevo por la vida.

Confía en mí, pues soy tu Padre y amigo,

mi corazón amoroso nunca te olvida.

Con amor eterno te he amado, hijo mío:

Antes que el tiempo se pusiera a andar,

antes que el mundo fuera creado,

con mucha ilusión te pude soñar.

Ni el viento que cruza con tanta furia,

ni el rugido feroz de las olas del mar,

podrán quebrantar mi eterna promesa:

Hijo mío, nunca te voy a abandonar.

Si caes en el abismo más profundo,

Te rescataré con mi poderoso brazo.

Si la sombra de la tristeza te alcanza,

te consolaré con un fuerte abrazo.

No temas, hijo mío. Por favor no temas.

En cada momento siempre estoy contigo.

Nunca desconfíes de mi amor compasivo.

Ten siempre que soy tu Padre y amigo.