(Testimonio de María Villar)
Cuando llegué a Ciudad del Pescador, no había parroquia. Para participar en la misa teníamos que ir hasta Carmen de la Legua. Era otro tiempo, y la fe se vivía con esfuerzo, caminando largas distancias porque aquí todavía no había una comunidad organizada.
Un día, mientras arreglaba mi jardín, pasó un hombre sencillo. No parecía sacerdote: no llevaba sotana ni nada que lo identificara. Era el Padre Max Egli, aunque en ese momento yo no lo sabía. Se acercó y me preguntó con mucha naturalidad: “¿Dónde queda la parroquia?”. Yo le respondí: “Aquí no hay parroquia”. Entonces me dijo algo que nunca olvidaré: “¿Le gustaría que mañana haya misa aquí?”.
Me sorprendí mucho y le dije: “Pero si no hay parroquia…”. En ese momento me mostró su credencial. Había sido enviado como sacerdote para iniciar una parroquia en Ciudad del Pescador. Sentí una alegría enorme, como si algo nuevo estuviera comenzando para todos. Sin pensarlo mucho, le dije: “¡Claro que sí, padre, cuente conmigo!”.
Así comenzó todo. De mi casa salió el primer mantel, y con lo poco que teníamos preparamos lo necesario para la primera misa. Fue algo sencillo, pero lleno de fe. Nadie imaginaba entonces todo lo que vendría después.
Las primeras celebraciones se realizaron en la comunal 2, gracias al apoyo de los vecinos. Poco a poco la gente fue llegando. Luego nos trasladamos al Instituto Simón Bolívar, donde continuamos reuniéndonos mientras la comunidad crecía. Cada misa era un signo de que algo nuevo estaba naciendo en medio del barrio.
El Padre Max no era un sacerdote común. No esperaba que la gente viniera a la iglesia, él salía a buscarla. Iba casa por casa, conocía a las familias, se interesaba por sus problemas y ayudaba en todo lo que podía. Se puede decir que visitó prácticamente todas las casas de Ciudad del Pescador. Su cercanía hizo que la gente confiara en él y se sintiera parte de la comunidad.
No había grandes recursos, pero sí había mucha voluntad. La parroquia se levantó con el esfuerzo de todos. Se hacían aportes casa por casa, se organizaban campañas como “un ladrillo para la parroquia” y actividades como polladas, parrilladas y picaronadas. El mismo Padre Max trabajaba como uno más: cargaba materiales, aprendía de los obreros, ayudaba en la construcción. No le importaba ensuciarse, porque su deseo era sacar adelante la parroquia junto con la gente.
En tiempos difíciles, como la huelga de pescadores, la parroquia estuvo siempre presente. Muchas familias no tenían qué comer, y entonces se organizaron ollas comunes y comedores populares. La parroquia no solo acompañaba espiritualmente, sino que también ayudaba en lo concreto. El Padre Max siempre decía: “No desprecien a nadie… a muchos solo les falta amor”. Esa frase marcó a muchos de nosotros.
Con el tiempo, la comunidad fue creciendo, organizándose y tomando forma. Pero lo que nunca se perdió fue ese espíritu de cercanía, de servicio y de entrega que se vivió desde el inicio.
Han pasado muchos sacerdotes por la parroquia, cada uno con su estilo y su aporte. Pero como el Padre Max, ninguno. Él fue el fundador, el que sembró la fe en medio de un barrio que recién comenzaba. Fue un hombre que se entregó completamente a los demás, y por eso su recuerdo permanece vivo en el corazón de la comunidad.